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Vida y misión

Las vidas de Adrienne von Speyr y Hans Urs von Balthasar se iluminan a partir de su misión común. En su centro, una comunidad llamada a vivir del misterio del Dios trinitario y una teología que expresa este misterio.

Dos vidas que se encuentran
para una obra común

“Existen en la Iglesia misiones dobles, llamadas a complementarse recíprocamente, como las dos caras de la luna”

Adrienne von Speyr

Hans Urs von Balthasar y Adrienne von Speyr se encuentran en Basilea en 1940. Él, nacido en Lucerna en 1905, es un padre jesuita, ya conocido por su labor teológica, apenas radicado en esa ciudad suiza para cumplir su nueva tarea de capellán universitario. Ella, nacida en La Chaux-de-Fonds en 1902, es médica, casada en segundas nupcias con Werner Kaegi, catedrático de historia. Criada protestante, Adrienne se siente atraída desde siempre por el catolicismo. El encuentro con p. Balthasar es la ocasión providencial para poder dar el paso decisivo: entrar en la Iglesia católica, el 1º de noviembre de 1940.

A partir de ese momento, Adrienne comienza a recibir numerosas gracias especiales. P. Balthasar, su confesor, es el testigo eclesial que las recibe y las transmite. Una de ellas es la de comentar las Escrituras, que ella le dicta a él de modo regular a partir del 1944. Este dictado da origen a la obra escrita de Adrienne (unos 60 libros). Con el fin de publicar esta obra, crean una casa editorial, la Johannes Verlag. La novedad originaria de la visión de Adrienne influye también en la obra teológica de él (unos 110 libros), quien con su fecunda labor se convierte en “un maestro seguro de la fe, un testigo de la Palabra de quien podemos aprender la Vida”, como ha dicho el entonces cardenal J. Ratzinger. En 1945 inicia la vida concreta de la Comunidad San Juan, un instituto secular, fundado por ambos, que intenta unir presencia en el mundo secularizado y consagración total a Dios.

Adrienne von Speyr y Hans Urs von Balthasar en Cassina d’Agno (Suiza), ca. 1946

Adrienne von Speyr y Hans Urs von Balthasar en Cassina d’Agno (Suiza), ca. 1946

La misión

“Una apertura ignaciana al mundo … que no tiene otro punto de partida más que la Cruz, origen de toda fecundidad”: así Hans Urs von Balthasar ha expresado la intención más íntima de la obra común. Se trata de una misión especialmente actual: estar en el mundo post-cristiano bebiendo de la fuente del misterio trinitario.

Bajo la Cruz está Juan, el discípulo amado, ideal del “compañero de Jesús” y, por tanto, complemento ideal de San Ignacio. Juan descubre en la obediencia perfecta del Hijo que muere y desciende al infierno la revelación del amor trinitario y la fuente última de la esperanza. La tradición oriental lo llama “el teólogo”, indicándonos así que la verdadera teología vive en una actitud de contemplación y adoración, apoya su oído al corazón del Señor y está al servicio de la santidad vivida.

El mundo es, originariamente, una obra buena del Padre, que lo ha amado tanto de entregarle a su Hijo. Por eso, con palabras de San Ignacio, Dios puede ser buscado y encontrado en todas las cosas: la revelación del Dios que se muestra, se dona y se comunica es el origen y el cumplimiento de todo lo que es bello, bueno y verdadero en este mundo. Y Dios quiere ser buscado, encontrado y amado preferentemente en una cosa: el hermano que sufre, sin forma ni belleza.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo – hijo, ahí tienes a tu madre”: bajo la Cruz, Cristo funda el primer núcleo virginal de su Iglesia. De aquí brota la centralidad de la consagración a Dios en los consejos evangélicos en la vida y misión de ambos: los consejos son una especial participación en el seguimiento de Cristo, en su donación eucarística. De aquí también surge el sentido católico vivo y la fidelidad a San Pietro, a quien el Señor le ha confiado custodiar la unidad de su Iglesia.

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