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La esperanza de Santa Teresita
Ponencia en el centenario del nacimiento de Santa Teresita
1. El punto de partida
Jamás en la historia de la Iglesia el pensamiento cristiano ha estado tan marcado por el tema de la esperanza como hoy. Fue ante todo en el ámbito judío donde se descubrió el «principio esperanza» como la todopoderosa fuerza motriz de la existencia; a partir de ahí, también el pensamiento cristiano ha esbozado su propia «teología de la esperanza» como algo, al parecer, completamente nuevo. Pero la brecha decisiva ya había sido abierta antes: a finales del siglo XIX, en un apartado Carmelo de la provincia francesa. ¿Era consciente Teresa MartinEn el original alemán de este texto, las obras autobiográficas de Santa Teresita se citan en buena medida según las ediciones alemanas publicadas por Johannes Verlag, la editorial fundada por Hans Urs von Balthasar. Nosotros indicamos más bien las referencias a los volúmenes de la Édition critique des œuvres complètes de sainte Thérèse de l’Enfant-Jésus et de la Sainte-Face, Paris, Cerf / DDB, 19922, con las siglas siguientes: Man = Manuscrits authobiographiques; Corr = Correspondance générale (2 vols.); DerEnt = Derniers entretiens avec ses sœurs; DerPar = Dernières paroles; RecPri = Récréations pieuses – Prières; Po = Poésies. Como es sabido, lo que después de la muerte de la Santa se publicó bajo el título de Historia de un alma resulta de la recopilación de varios manuscritos autobiográficos, más unos apéndices de documentos y testimonios; estas últimas no han sido retomadas en su totalidad por la edición crítica, y por tanto se citan según: Sainte Thérèse de l’Enfant-Jésus, Histoire d’une Âme, Office Central de Lisieux, 1946 , con la sigla HA (capítulo en números romanos, página en número árabe). En algunos casos la traducción de las citas, que se han cotejado con el texto francés, difiere ligeramente de la interpretación alemana., quien logró este avance, de su logro? Algunas de sus audaces afirmaciones, llenas de asombro por su propia audacia, hacen pensar que sí.
Ya era hora de dar este giro. En la teología oficial de la Iglesia, la esperanza había sido descuidada, en comparación con la fe y la caridad. Podrían señalarse muchas razones para ello: por un lado, la teología se había convertido cada vez más en un edificio estático de conocimientos de fe establecidos, en el que quedaba poco espacio para el ímpetu dinámico de la esperanza. Más grave aún fue, probablemente, el hecho de que, al menos desde san Agustín, se creía tener la certeza de que solo un número determinado de hombres predestinados iría al cielo, y los demás no; y como esto se consideraba un dato de fe establecido por el mismo Dios, se creía que cada creyente solo podría esperar la salvación para sí mismo, y no para otrosSan Agustín, Enchiridion 2.8 y 27.103.. Es significativo que contra estas restricciones de la esperanza cristiana, no conformes al Evangelio, ya en la Edad Media y hasta la época moderna se había hecho escuchar la protesta de toda una serie de santas: mujeres que, fuera de los cauces de la teología académica, desarrollaron un pensamiento surgido de la audacia del corazón y de un acceso inmediato a los misterios de la revelación; baste mencionar solo los nombres más grandes: Hildegarda de Bingen, Gertrudis, Matilde de Hackeborn, Matilde de Magdeburgo, Juliana de Norwich, Catalina de Siena y más tarde María de la Encarnación; y se debería citar también el nombre de Madame Guyon. Pero esta teología femenina nunca fue tomada plenamente en serio por el gremio de los teólogos; nadie pensó en estudiarla, en poner a salvo sus intuiciones en los cofres del tesoro de la tradición eclesial. Esto debería remediarse al menos hoy, cuando todo el edificio de la teología se está reconstruyendo desde los cimientos. ¿No era de esperar que Dios revelara los misterios de su corazón a lo largo de los tiempos sobre todo y del modo más profundo a sus santos? ¿Y por qué menos a mujeres santas que a varones santos (como, por ejemplo, San Benito o San Francisco de Asís, que han fecundado tan duraderamente el pensamiento eclesial), si es verdad que en el Evangelio fueron las mujeres las destinatarias y depositarias privilegiadas de la palabra divina?
Para Teresa de Lisieux fue una ventaja no estar cargada de mucha teología académica, ni de muchas lecturas en general. Así, su espíritu inteligente, sensible, ingenioso, estuvo libre para lo esencial que Dios quería mostrarle. Hoy se subraya a menudo que Teresita creció, vivió y murió encerrada en un catolicismo burgués, en una atmósfera sofocante y enfebrecida de religiosidad convencional, tanto en la casa paterna como en el internado y luego en el convento: ahora bien, se trata de una grave distorsión. Para corregirla, basta repasar la asombrosa riqueza de imágenes, parábolas y ocurrencias poéticas que sus escritos nos ofrecen: un testimonio de su fuerza original para ver, de modo nuevo y sin desfiguraciones, las cosas de Dios, al igual que sus negativas casi obstinadas, que a menudo parecen incluso tener un deje de picardía, a adoptar muchas opiniones tradicionales e indiscutidas sobre teología, espiritualidad, ascesis y mística; en el mismo sentido da testimonio la audacia casi incomprensible con la que, a pesar de su sincera veneración por los grandes reformadores del Carmelo, Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, se distancia de ellos. Puede bien que todo esto quede envuelto en un estilo florido de jovencita: ¿y quién podría extrañarse? ¿De dónde hubiera podido tomar el lenguaje de un Bernanos o de un Péguy? No es sino una razón para asombrarse aún más el que ese lenguaje no haya afectado en absoluto la frescura y novedad de su pensamiento.
Una consideración bien distinta, y de hecho muy positiva, ha de hacerse de entrada respecto de este catolicismo tradicional que le fue dado desde la cuna, en relación con nuestro tema específico: en esta forma de vida católica estaban presentes desde el principio, en una unidad concretamente vivida y obvia, todos los elementos que otros, en cambio –nosotros, hombres de hoy, por ejemplo–, tienen primero que reunir con trabajo y esfuerzo. Quizá incluso nos ufanamos de que tantas cosas sean para nosotros un «problema», y toda nuestra energía vital se consume en quitar de en medio ese problema y así llegar finalmente al punto de partida cristiano. Para Teresita, que despierta en el contexto de una fe vivida, estos problemas paralizantes no existen en absoluto: simplemente se pone en camino.
Mencionemos solo tres de esos problemas que para ella no existen, porque con ello nos introducimos directamente en nuestro tema. 1. Para Teresita no existe el más mínimo problema sobre cómo el amor a Dios y el amor al prójimo son compatibles entre sí para un cristiano. Nunca se preocupó en lo más mínimo de que, si ofrecía todo su corazón a Dios y a Cristo, quizá quedara en él demasiado poco espacio para sus semejantes. Tal problemática le habría parecido completamente absurda. Para ella era cristianamente evidente que cuanto más profundamente comprendía y se abría al amor de Dios, tanto más eficazmente podía comprometerse e interceder por el mundo. 2. Nunca tuvo una duda respecto a determinados artículos de fe por el hecho de que supuestamente habrían sido sobrevalorados, o por considerar que tal vez serían secundarios y condicionados por una determinada época; nunca se planteó la necesidad de recurrir a una «jerarquía de verdades» o a una distinción entre el contenido de fe y su formulación. Si se habla de la presencia real en la Eucaristía, ella cree literalmente en el misterio, sin romperse en lo más mínimo la cabeza sobre el cómo de esa presencia ni sobre la transubstanciación. Tiene la ventaja infinita de atenerse siempre a la realidad, a la cosa misma, y nunca al modo de su expresión: «actus credentis non terminatur ad enuntiabile, sed ad rem»«El acto del creyente [= el acto de fe] no termina en el enunciado, sino en la realidad misma [que se expresa en el enunciado]». Santo Tomás, Suma teológica, II-II q 1 a 2 ad 2.. 3. Teresita nunca separó el acto de fe del de amor, pues todos los aspectos de la verdad de fe cristiana le hablaban únicamente del amor de Dios para con el mundo y, por tanto, también para con ella misma, Teresita; un artículo de fe que no le enseñara la realidad de ese amor le habría resultado completamente incomprensible. El único principio de su exégesis meditativa es el siguiente: ¿Cómo experimento en esta frase de la Escritura, en esta expresión de un santo, algo nuevo y más profundo acerca del amor de Dios? Pues para ella solo el amor, a saber, el amor de Dios, es digno de fe, de modo que la fe que actúa en el hombre, con la que este capta ese amor de Dios, no puede ser sino precisamente una respuesta de amor. De nuevo con Tomás: «fides non operatur per dilectionem sicut per instrumentum […] sed sicut per formam propriam»«La fe no actúa por el amor como por un instrumento, … sino como por su propia ley interior». Santo Tomás, Suma teológica, II-II q 23 a 6 ad 2..
Con esto tenemos el punto de partida adecuado para nuestro tema. Pues la nueva teología de la esperanza que vemos brotar en Teresita se despliega desde el corazón mismo de la fe cristiana y del amor cristiano. No es un apéndice –como si junto a los dos núcleos decisivos, la fe y la caridad, existiera también un tercer centro de gravedad menos esencial, la esperanza–, sino que aquí tiene razón Péguy, quien catorce años después de la muerte de Teresita escribe su Pórtico del misterio de la segunda virtud, y dice al comienzo:
El pueblo cristiano no tiene ojos sino para las dos hermanas mayores
La que está a la derecha y la que está a la izquierda.
Y, por así decirlo, casi no ve a la que está en medio.
A la pequeña, a la que va todavía a la escuela,
Y anda a pasitos,
Perdida entre las faldas de sus hermanas.
Y cree fácilmente que son las dos mayores las que arrastran a la pequeña de la mano.
Dos mujeres ya de edad, dos mujeres de cierta edad,
Ajadas por la vida […].
Y en realidad es la pequeña Esperanza la que hace andar a las otras dos.
Y las arrastra, y hace andar a todo el mundo. […]
Pues la Fe no ve sino lo que es, en el Tiempo y por la Eternidad.
Y la Caridad no ama sino lo que es, en el Tiempo y por la Eternidad.
Pero la Esperanza ve y ama lo que será, en el Tiempo y por la EternidadCharles Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, traducción de José Luis Rouillon Arróspide, Madrid, Encuentro, 1991, pp. 21-23. Dicha traducción ha sido retocada siguiendo la versión alemana de Hans Urs von Balthasar..
Esa es también la visión de Teresita: la esperanza prorrumpe como fuerza elemental desde el centro de la fe y del amor (que para ella son una sola cosa), y a partir de ambos es autorizada para su folie [locura], para su pretensión desmesurada. Ese es el primer punto. Pero esta pretensión se plantea cara a cara con la pretensión de Dios para con los hombres: el segundo punto será, entonces, divisar esta pretensión de Dios. Finalmente, al sostenerle la mirada a la exigencia de Dios con la suya propia, la esperanza de Teresita debe ser capaz de sostenerse y estar también dispuesta a pagar el precio por ello: este será el tercer punto. Así pues tendremos los siguientes puntos: 1. La medida y la audacia de la esperanza. 2. El lugar de la esperanza. 3. El precio de la esperanza. En los tres puntos, Teresita tendrá algo nuevo y originario que decirnos.
2. La medida y la audacia de la esperanza
Teresita sabe por la fe que Dios es amor. ¿Por qué entonces el que tiene fe habría de poner límites a su esperanza? Quien tomara absolutamente en serio lo que la fe afirma –y eso significa también sacar todas las consecuencias para uno mismo–, para él la esperanza debería ser sin límites. Por eso Teresita puede decir: «Créame que le digo la verdad: nunca se puede confiar demasiado en el buen Dios, que es tan poderoso y tan misericordioso. Se recibe de él tanto como se espera»HA XII, 202.. «Nunca se espera demasiado de Dios […]; se obtiene de Él exactamente tanto como se le cree capaz de conceder»I. F. Görres, Das verborgene Antlitz, Basel / Freiburg 1947, 294.. Teresita conoce la palabra del Señor a santa Matilde [de Hackeborn]: «Te digo con verdad que me da gran alegría cuando los hombres esperan de mí cosas grandes. Por grande que sea su fe y su audacia, los colmaré aún mucho más allá de sus méritos. En verdad, es imposible que el hombre no reciba lo que ha creído y esperado de mi poder y de mi misericordia»Texto en el 2º sumario de las actas del proceso de beatificación y canonización de Santa Teresita, citado según I.F. Görres, op. cit., 293.. Teresita ya sabe que la autenticidad de su esperanza se pondrá a prueba: «Creo», dice de Dios y de los santos, «que pretenden ver hasta dónde llega mi confianza. Pero la palabra de Job no ha entrado en vano en mi corazón: “Aunque me mates, seguiré esperando en ti”»HA XII, 194-195. Cf. DerPar 106-107: «Cette parole de Job: Quand même Dieu me tuerait j’espérerais encore en lui, m’a ravie dès mon enfance».. Previendo su misión desde el cielo, dice: «Todas mis expectativas se verán colmadas en sobreabundancia, es más, el Señor hará maravillas por mí, que sobrepasarán infinitamente mis deseos sin límites»I.F. Görres, op. cit., 294.. Excusa la «audacia» de su entregaCf. Man 309 y 311 (Manuscrito B, 5r); 413 y 419 (Manuscrito C, 34v y 36v). por un lado con la «locura» del amor de Dios, que también fue correspondida por los santos con «locuras» «Les Saints ont fait aussi des folies»: Man 313-314 (Manuscrito B, 5v)., por otro lado con su candidez de niña, que no es capaz de calcular con precisión el alcance de sus palabras. Al acordarse de la petición de Eliseo por el doble espíritu de ElíasCf 2 Reyes 2,9: Duplex spiritus tuus, según la Vulgata. , no ve razón alguna para no dirigir la misma súplica a los ángeles y a los santos: «Concededme benignamente lo que os pido, sé que es audaz, pero me atrevo a suplicaros: obtenedme vuestro amor redoblado. Jesús, no puedo ahondar más en mi petición […]. Mi excusa es que soy una niña, los niños no calculan el alcance de sus palabras»Man 302-303 (Manuscrito B, 4r).. Pero Teresita no es tan ingenua como aparenta, en un poema hace que Jesús refute al «ángel de la venganza» y le responda: «No te corresponde a ti juzgar […] / Nadie juzgará al mundo sino yo / ¡Y Jesús es mi nombre! […] / Toda alma encontrará su perdón»RecPri 105-109.. Y si aquí la justicia está representada por un ángel, mientras que Jesús como redentor encarna la misericordia de Dios, Teresita considera como su misión particular tomar en serio la afirmación neotestamentaria de que «Dios es amor» y reinterpretar todas las propiedades divinas –precisamente también su justicia– como modos de su amor. ¡Solo a través de su «infinita misericordia contemplo y adoro las demás perfecciones divinas! Entonces todas ellas me parecen radiantes de amor, incluso la justicia (y quizá esta más que ninguna otra) me aparece revestida de amor. ¡Qué dulce alegría pensar que Dios es justo, es decir, que tiene en cuenta nuestra debilidad!»Man 270 (Manuscrito A, 83v). Cf. carta 226 a P. Roulland, 9.5.1897 (Corr 982-986).. ¿No es eso una pura osadía, que comete el error de querer escuchar solo la mitad de la revelación bíblica? ¿No es una ceguera allí donde el Evangelio nos ofrece una luz tan clara? Teresita está dispuesta a aceptar de buen grado la palabra «ceguera»; ella misma habla de la «ciega esperanza que tengo en su misericordia»Corr 895., y también reivindica para sí la «esperanza contra toda esperanza» de San PabloMan 200 (Manuscrito A, 64v).. Y porque el Redentor enviado por el Padre ha muerto por los pecadores, por todos los pecadores, no en la alegría, sino en la tristeza hasta la muerteCorr 895., ninguna de sus propias palabras ni ninguna palabra de sus apóstoles puede contradecir de forma definitiva la realidad que Él ha establecido con su propia acción. Y la esperanza de Teresita, desde cualquier palabra de la Biblia que se pueda citar o desde su interpretación, apela al acto en el que –según ella– el corazón de Dios se ha revelado desarmado. No se queda con sus palabras, sino, en última instancia, con sus actos y con su corazón. Con ello llegamos al segundo punto: el lugar de la esperanza.
3. El lugar de la esperanza
Es un lugar espiritual. Teresita habla de ello solo con palabras balbuceantes, como si se tratara aquí del misterio por excelencia, el misterio sin más que todos los cristianos deberían conocer, y sobre el cual, sin embargo, solo muy pocos quieren saber algo. El amor de Dios, piensa la mayoría, es un amor absoluto y por tanto asegurado, inquebrantable, en el que el hombre necesitado puede encontrar la fuerza necesaria en la tribulación. Pero, ¿qué pasaría si la palabra de la cruz «Tengo sed» descubriera la verdadera profundidad de ese amor? ¿Acaso ese Dios tan rico sería en realidad un pobre en relación con nosotros? «¡Ay, más que nunca siento que Jesús tiene sed. Solo encuentra ingratos e indiferentes entre los discípulos del mundo, y entre sus propios discípulos encuentra tan pocos […] que entiendan toda la ternura de su amor infinito»Man 286 (Manuscrito B, 1v).. «“Su rostro estaba oculto”: así es todavía hoy. Nadie entiende sus lágrimas… […] Creo que el olvido es lo que más le duele»Corr 539s.. Teresita escogerá como nombre de religión «Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz»: ese rostro es su icono, ante el que se arrodilla en contemplación. Precisamente el día de la Transfiguración del Señor suele venerarlo especialmente; porque en su angustia, en sus lágrimas, ve con toda claridad la gloria del amor divino. Habla sin cesar de esos «ojos fascinantes», de esa «mirada apagada, baja», de sus «ojos cerrados de niño que se abrirán en la eternidad», su «rostro luminoso», que sin embargo sólo irradia una «luz oculta». Y desea como Verónica «secar tu dulce rostro; y para apagar la sed que te devora, esta sed de amor, quisiéramos poseer un amor infinito».HA 251s. = Consécration à la Sainte Face (RecPri 522). Para ella, la Pasión, mientras haya pecadores, no es un pasado, sino un presente, incluso más actual que el de los pecadores, porque es la realidad que secretamente los sostiene.
El sentido del Carmelo, el sentido de toda vida religiosa en general, sería ponerse en el lugar de este enfrentamiento entre el pecado del mundo y el amor sufriente de Dios. En ese lugar oculto, que al mundo le parece perdido. «También yo he deseado ser sin esplendor, sin belleza, pisando sola el vino en el lagar, desconocida para toda criatura»DerPar 249.. «Para encontrar lo oculto, hay que ocultarse uno mismo. Nuestra vida debe ser un misterio»Corr 715.. Quizá en tal ocultamiento sería posible atraer la mirada del Señor hacia uno mismo, arrancarle una sonrisa. Es su «único deseo, cautivar tus ojos divinos, ocultando nosotros también nuestro rostro, de modo que aquí abajo nadie nos reconozca»HA 252 = Consécration à la sainte Face (RecPri 522).. Desde luego, aquí se detiene el habla, incluso el pensamiento: ¿se pueden siquiera decir tales cosas? «Hay cosas que pierden su perfume tan pronto como se exponen al aire, hay pensamientos del alma que no pueden traducirse en palabras de este mundo sin perder su íntimo sentido celestial»Man 111 (Manuscrito A, 35r).. Pero la pregunta no puede ser reprimida: ¿Por qué se humilla el Señor hasta querer depender de nosotros? «¡Ay!, porque nos tiene un amor tan incomprensible que quiere hacernos partícipes de la obra de salvación en favor de las almas. No quiere hacer nada sin nosotros»Corr 663.. Dios tiene esperanza en nosotros.
Es aquí, pues, en este lugar sin mundo, que sólo puede definirse por el amor de Dios hacia nosotros y nuestro amor hacia Él, donde sucede todo lo esencial. En el despojo extremo para Dios, donde el alma ya solo quiere existir para el amor crucificado de Dios, esta se convierte en esposa y se vuelve fecunda de la fecundidad del amor divino, y esto para la salvación del mundo: «Ser tu esposa, oh Jesús, ser carmelita, ser por mi unión contigo madre de las almas»Man 294 (Manuscrito B, 2v).. Para que esta frase se cumpla en verdad, son necesarias dos cosas: el perfecto vaciamiento del propio querer, pensar y ser, para llegar a ser únicamente un seno que acoge; y apropiarse la actitud de Dios en lo que concierne a las relaciones con los demás hombres. Ninguna de las dos cosas es lo que normalmente se imagina como vida contemplativa y contemplación, sino un esfuerzo supremo, que no se permite ninguna indulgencia, que no hace trampa, que no se abandona a ensoñaciones, sino que realiza un trabajo duro y sobrio. Volveremos sobre esto.
Pero quedémonos un instante más en el acto fundamental, que luego debe repercutir en todo. Teresita es consciente de haber descubierto aquí algo nuevo, central. Se sabe elegida como víctima sacrificial, ofrecida no a la justicia de Dios, sino a su misericordia. No es su ira lo que Dios quiere descargar como en algún pararrayos; es puro amor que quiere derramarse y no encuentra espacios para hacerlo. «Si encontraras almas que se ofrecieran a tu amor como víctimas de holocausto, creo que las consumirías pronto; serías feliz de no tener que contener más los torrentes de ternura infinita que hay en Ti»Man 271 (Manuscrito A, 84r).. Pero es el amor crucificado, ultrajado y abandonado el que llenará un tal recipiente. Teresita recibe aquello que anhelaba y que, sin embargo, según la naturaleza no puede sino producir horror a todo hombre: se le quita todo sentimiento de seguridad en Dios, es trasladada a una fe que no ve ni siente nada, y que se ve cada vez más asediada, hasta tener que resistir tentaciones groseras de desesperación y suicidio. El Carmelo no es la ardua ascensión de una montaña desde la que se goza una hermosa vista, sino el ser internado cada vez más hondo en un «oscuro pasadizo subterráneo»Corr 557s., 564, 571., o, para emplear otras imágenes, en la impotencia del pajarillo para elevarse con la fuerza de sus propias alas, por lo que tiene que revolotear por el sueloMan 307-309 (Manuscrito B, 4v-5r)., o del niño pequeño que intenta en vano subir el primer peldaño de la escaleraHA 213 (Conseils et souvenirs).. Se trata de la desposesión sistemática de todas las «riquezas espirituales, que vuelven injusto a quien reposa en ellas con complacencia»Corr 894., de un renunciar cada vez más radical a todo lo que se suele llamar «mérito» o «recompensa»HA 214-215.. El esfuerzo –¡que desde luego se requiere!– ha de ser siempre en vano: Teresita quiere presentarse ante Dios «con las manos vacías». En la total enajenación, en la que ya uno no refiere nada a sí mismo, se alcanza aquella apertura total que corresponde a los planes y necesidades de Dios con el mundo: es el ecce ancilla. Ya nada es asible: «Soy como un niño al que siempre le prometen un trozo de pastel, se lo muestran de lejos, y luego, cuando se acerca para cogerlo, la mano se retira»DerEnt 211.. En la impotencia hay que aparentar valor: «Qué importa si tiene usted valor o no. Basta con que actúe como si lo tuviera»HA 227..
El asunto es y permanece sumamente paradójico: uno es eficaz precisamente cuando siente y sabe que ya no puede nada. Consuela cuando carece de todo consuelo. Es la pelota con la que el Niño divino se divierte, y lo es precisamente cuando se le olvida agujereado en una esquina Corr 428.. Ocupa el puesto más eficaz en el corazón de la Iglesia en el momento en que renuncia a cualquier carisma particularMan 294-300 (Manuscrito B, 2v-3v).. Pero la iniciativa de todo parte precisamente de Dios: «Lo sé, Dios mío: cuanto más quieres dar, tanto más haces desear»HA 250 = Acte d’offrande à l’amour miséricordieux (RecPri, Prière 6).. «Para que el amor quede perfectamente satisfecho, hace falta que se humille, se humille hasta la nada, y transforme esa nada en fuego»Man 301 (Manuscrito B, 3v).. Es la paradoja de nada y todo: «¡Todo será para él, todo! Y si no tuviera nada que ofrecerle, pues le donaré precisamente esa nada»Corr 432s.. «Marie, si tú no eres nada, no olvides que Jesús lo es todo»HA 307 = Carta 109 a su prima Marie Guérin (Corr 548).. Es precisamente en esta paradoja donde prospera la esperanza teresiana.
4. El precio de la esperanza
Todo esto podría parecer el delirio febril de una muchacha exaltada, enferma de muerte. Pero cada palabra posee la garantía áurea de una forma de vida sobriamente concebida y llevada a cabo con firmeza férrea. Paso a paso, Teresita diseña su «pequeño camino»; como maestra de novicias, no lo aplica solo a sí misma, sino también a las demás. Y, curiosamente, el camino se demuestra válido. La poesía se deja traducir en prosa cotidiana. Aún más curiosamente, esa prosa se convierte en una interpretación sorprendentemente clara, sencilla y convincente del Evangelio de Jesucristo. También la doctrina paulina sobre la fe y las obras brilla con una luz nueva, sin que se caiga en ciertas unilateralidades propias de la Reforma protestante. Se ha raspado todo barniz de falsa solemnidad. Uno se siente como en casa. «Soy manso y humilde de corazón», «sus mandamientos no son pesados». Todo se resume en un solo mandamiento, pero este reclama a todo el hombre. No se requieren obras especiales, únicamente se exige no hacer reservas frente a Dios: y esta es la mayor exigencia. Hay que hacerse ligero como una pluma, ¡pero cuánto insiste el hombre en su propio peso! Hay que ofrecer todo a Dios, y no extrañarse si Él toma el ofrecimiento al pie de la letra. Uno es colocado en el lugar más abierto y expuesto: no es de extrañar que el viento corte y se pase frío. Teresita se indigna sinceramente cuando una novicia le dice que en adelante solo quiere llorar sus penas ante Dios. «¡Llorar ante el buen Dios! Guardaos de actuar así. Ante Él no debería usted permitirse mostrar su tristeza, aún menos que ante los hombres. […] Francamente: ¡eso no es amor desinteresado! A nosotras nos toca consolar al Señor, no a Él consolarnos a nosotras»HA 222s.. «Dile», pide Teresita a la Madre del Señor, «que él nunca ande con miramientos conmigo. Dis-lui de ne jamais se gêner avec moi»Po 246..
Este sano realismo, que se comprueba paso a paso en la vida cotidiana y sus bagatelas, es el fundamento sobre el cual se construye la alta torre de la esperanza teresiana. Esta es una esperanza firme, sólida, en la salvación eterna, no una esperanza precaria para el futuro terrenal. Es la solidaridad sostenida hasta el fondo con todos los pecadores, real y eficazmente, y no mera palabrería. «Tu hija está dispuesta, Señor, a comer el pan del dolor mientras Tú lo quieras, y no quiere levantarse de esta mesa cargada de amargura, en la que comen los pobres pecadores, antes del día señalado por Ti. […] Ten misericordia de nosotros, Señor, porque somos pobres pecadores. Haz que volvamos justificados»Man 337 (Manuscrito C, 6r).. Desde esta solidaridad, Teresita puede atribuirle al Señor estas palabras: «Toda alma encontrará su perdón»RecPri 105., pues el Hijo del Padre «ha regenerado a toda su obra / por su profunda humildad»RecPri 65..
5. Transparencia hacia Dios
Con esto queda claro cuán estrechamente la esperanza está ligada a la fe y al amor en Teresita. Dado que su fe –a pesar de todas las tentaciones– nunca vacila, Teresa puede con su audacia infantil esperar todo de Dios. Y dado que mantiene con ese Dios una relación de amor sin nubes, tal esperanza es para ella simplemente lo más natural del mundo. De ello se puede ver en qué se distingue esencialmente la esperanza cristiana de todas las demás formas de esperanza humana: tanto de la esperanza natural, en la que siempre hay un elemento de incertidumbre –de hecho, en el paganismo la esperanza es un don de los dioses que queda dudoso y a menudo engaña– como de la esperanza de la Antigua Alianza, que, si bien se apoya en la veracidad de Dios, está orientada por completo hacia lo futuro, hacia algo que aún no existe. La esperanza cristiana, en cambio, está enraizada –y en esto reside su paradoja irresoluble– en el presente, la presencia, de la salvación definitiva y perpetua que Dios ya ha donado al mundo en Cristo.
Este presente se nos regala ahora en la fe, bajo las nubes del no ver, y se nos promete esa misma presencia en una visión abierta y despejada, cuando se haya apartado el velo de la temporalidad y la mortalidad. Que se trate de una y la misma realidad, es lo que da a la esperanza cristiana su tensión única, una tensión a la vez bienaventurada y casi insoportablemente desgarradora. Teresita ya la vivió intensamente siendo niña; sus primeras cartas están llenas de pasajes que hablan de tal anhelo de la eternidad: «Mi corazón sentía el destierro en la tierra; suspiraba por el eterno descanso del Cielo, por el domingo sin ocaso de la Patria»Man 69 (Manuscrito A, 17v); cf. carta 56 (Corr 382).. En los primeros tiempos en el convento, está como obsesionada por la fugacidad de la vida: «Un año más que ha pasado, pasado, pasado, y nunca volverá. Y así como pasó este año, así pasará nuestra vida, y pronto diremos de ella: se acabó. ¡No perdamos nuestro tiempo, pronto brillará para nosotros la eternidad!»Corr 516.. En la transitoriedad del mundo aparece su propia nada ante la única realidad verdadera de Dios, y con ello la exigencia de poner en Dios todo el centro de gravedad de la propia vida: Teresita busca «ya solo alegrías celestiales», «alegrías en las que todo lo creado, que no es nada, da paso al Increado, que es la Realidad»Corr 574.. «Solo Jesús es, todo lo demás no es»Corr 504.. ¿No suena tal aniquilación de lo temporal casi budista? ¿No es una pura negación del mundo? Lo sería si Teresita no experimentara y expresara simultáneamente el aspecto complementario: que la verdad y realidad definitiva de la criatura estará asegurada y garantizada en Dios. Lo eterno y perdurable no está más allá del fugaz instante, sino oculto ya en medio de él. Y esta presencia da a ese momento oscuro y doloroso todo su peso de eternidad, su dignidad divina: «Amanecerá un día en que las sombras desaparecerán, y solo quedará la dicha… Aprovechemos nuestro único instante de dolor, fijémonos solo en el instante. El instante es una joya»Corr 478.. Y por eso: «¡La vida no es triste! Al contrario, es muy alegre. Si hubiera dicho: “el destierro es triste”, le habría comprendido. […] Pero solo para las cosas del cielo, que no conocen muerte, debería usarse ese bello nombre de vida; y puesto que ya aquí abajo disfrutamos de ellas, ¡la vida no es triste, sino alegre, muy alegre!»HA 242..
Así, el instante terrenal fugaz y precioso se caracteriza a la vez por el dolor y la alegría. La fe sabe acerca de su contenido eterno que está presente, oculto, en el fondo de su figura temporal. Creer, de hecho, es contemplar las cosas terrenales con los ojos de Dios, desde la perspectiva de Dios, es decir, al revés de como suele mirar el hombre. Pero Dios ve en las cosas desde siempre lo que de vida eterna ha depositado en ellas por su gracia. Solo esto es significativo para Él. Teresita se atreve a asumir ese punto de vista de Dios: «Me pregunto: ¿qué es, en realidad, el tiempo? El tiempo no es más que un espejismo, un sueño. Dios nos ve en la gloria, se alegra con nuestra felicidad eterna. ¡Cuánto bien hace este pensamiento a mi alma! Entonces entiendo por qué no nos trata con miramientos»Corr 539.. Así como antes consolaba a Jesús, ahora excusa a Dios por lo que respecta al sufrimiento del mundo. Por profundo que parezca y sea, es algo que pasa volando, y Dios ve en el mundo lo que permanece: los frutos eternos que produce el dolor temporal. Por eso, también este pensamiento casi budista sobre la insustancialidad del dolor se ve complementado cristianamente por una decidida voluntad para acoger y asumir el sufrimiento impuesto, con lo cual agotamos plenamente el contenido de eternidad del instante: «El instante es una joya».
Pero al tomar en serio el instante con toda su carga, puede nublarse la transparencia hacia su contenido divino, la fe puede ser arrojada a la noche, el tiempo que pasa puede hacerse insoportablemente largo. Teresita se siente como una niña pequeña que espera en el andén a que sus padres vengan para meterla en el tren: pero «¡no vienen, y el tren se marcha!»DerEnt 226.. «Pienso que también tendré que armarme de paciencia para mi muerte, como para los otros grandes acontecimientos de mi vida. Mire, entré joven en el Carmelo, pero cuando por fin todo estaba decidido, aún tuve que esperar tres meses. Lo mismo con la toma de hábito, lo mismo con la profesión. Pues bien, con la muerte será igual: llegará pronto, pero antes tendré aún que esperar»DerEnt 238.. Antes, el tiempo le corría demasiado rápido; ahora, demasiado despacio. Antes, todo parecía transparente hacia la eternidad de Dios; ahora que se acerca el paso, el velo se vuelve cada vez más denso. Así es como debe ser, Teresita lo sabe. Y cuando un pequeño rayo de luz atraviesa la oscuridad, el recuerdo de él «no hace sino volver mi oscuridad aún más densa»Man 343 (Manuscrito C, 7v).. Se rebela contra una tradición del Carmelo según la cual normalmente una monja debería morir en un éxtasis de amor: «Nuestro Señor murió como víctima de amor, ¡y vea cuál fue su agonía!»DerEnt 219.. Y de sí misma dice: «Es una agonía desnuda, sin ninguna mezcla de consuelo. El cáliz está lleno hasta el borde. Nunca habría creído que se pudiera sufrir tanto»HA 208.. Ella misma lo quiso así, pues ha entrado en el Carmelo «para salvar almas y sobre todo para rezar por los sacerdotes», y ofrecerse en sacrificio por las intenciones de la IglesiaMan 216 (Manuscrito A, 69v); Görres, op. cit., 216. Cf. tb. Man 410 (Manuscrito C, 33v).. Se le toma la palabra; Dios mismo deposita semejante carga de pecado y alejamiento de Dios en sus últimas semanas de sufrimiento. ¡Cuánto ha cabido en una vida de veinticuatro años! Cuando una hermana mayor opina que una vida larga, pasada en fidelidad a Dios, vale más que una corta, Teresita responde: «Oh no, no pienso así…»DerPar 51.. «El amor puede compensar una vida larga. El Señor no cuenta el tiempo, pues en el Cielo ya no hay tiempo. Solo mira el amor»Corr 567. . La existencia de Teresita flota entre el cielo y la tierra, sin que se pueda fijar exactamente su lugar; y esa es la suspensión en la que todo cristiano debe vivir. Pues ha muerto y ha sido sepultado con Cristo, ha sido clavado a la cruz con Él, está con Cristo escondido en Dios, y, desde esa muerte, es enviado por Dios nuevamente al mundo, es un extranjero que, sin embargo, ama al mundo con mayor profundidad que cualquier otro hombre: en la impureza del mundo contempla la pureza de Dios, con los ojos de Dios ve su redención cumplida. «Sí, los corazones puros verán a Dios ya en la tierra, donde nada es puro, pero donde todas las criaturas se hacen claras y transparentes cuando se las mira a través del rostro de Aquel que es el más bello y el más blanco de los lirios»Corr 530.. Teresita aspira al cielo desde la tierra, pero con igual energía aspira a la tierra desde el cielo, pues quiere pasar su cielo haciendo el bien a los hombres en el mundo. En la visión cristiana, entre cielo y tierra hay una distancia siempre ya superada, y que sin embargo sigue teniendo sus efectos. En la Iglesia de los santos, la Sancta, la Immaculada, la Infallibilis, la Esclava del Señor que cumple por completo su voluntad, el cielo ya está en la tierra, y la tierra ha sido ya elevada al cielo. Pero también esa Iglesia santa debe permanecer entre cielo y tierra en dolores de parto, entre gritos de dolor, para dar a luz hasta el fin del mundo a todos los hermanos de Jesús, y mientras en el cielo resuenan los cantos de victoria, el Logos libra con los suyos la batalla final entre cielo y tierra. Esta es exactamente la situación de la esperanza cristiana: desde la clarísima luz de la misericordia divina, y precisamente por esa misericordia, se la envía más hondamente a la oscuridad de la batalla. La santa preferida de Teresita era Juana de Arco: la valiente espada, y el fuego que no la sacude, sino que la consume. Juana parte con una esperanza humana temeraria y loca, que en la hoguera se colma más allá de toda medida. Teresita arriesga quitarle todo límite a la esperanza cristiana, y su agonía es el sello de autenticidad que Dios mismo imprime sobre esta esperanza.
«Por Jesucristo hemos obtenido también, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la cual nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,2-5). «Ni la muerte ni la vida […] ni lo presente ni lo futuro […] nada podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 8, 38s).
ハンス・ウルス・ フォン・バルタザール
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Die Hoffnung der kleinen Therese
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Therese von Lisieux. Zum Gedenken ihres 100. Geburtstags am 2. Januar 1973, 31-50. Leutesdorf: Johannes-Verlag, 1973. Tb. en: Therese von Lisieux – Hans Urs von Balthasar. Von der Hoffnung ergriffen. Freiburg: Johannes Verlag Einsiedeln, 2025.