Existen dos formas de vida en la Iglesia, dos y no más. Una, la vida consagrada en los votos de pobreza, castidad y obediencia, es representación viva de la pura forma de vida ‘Iglesia’, la otra es realización viva de la forma de vida creatural de la familia bajo el signo y el espíritu de la forma de vida ‘Iglesia’. Se podría decir que, en la primera, la forma eclesial también es materia, mientras que en la segunda ella informa la materia de la creación. La imposibilidad de reducir ambas formas a una sola realidad no deviene clara primariamente en la pobreza (porque todo cristiano debe considerar sus bienes sólo como prestados), tampoco en la obediencia (porque todo cristiano debe ser obediente a Dios en Cristo en la Iglesia), sino en la esponsalidad, que para uno se realiza en el matrimonio, como alianza fiel de dos personas en Dios y en el Espíritu de la Iglesia esposa, y para otro en la virginidad de María, en el ser enterrado en la alianza fiel de la Iglesia con su Señor divino humano.

La polaridad no radica en que unos viven para el mundo y los otros para Dios: ésta no es una polaridad cristiana. Tampoco en que unos aman más a los hombres y los otros más a Dios: también esta acentuación carece de sentido cristiano, pues el amor al prójimo y a Dios crecen juntos. Tampoco en que unos afirman más el eros, los otros más el ágape, pues cristianamente es reclamada para el amor toda la fuerza del corazón del hombre, y ambas formas de vivir el amor exigen a su modo renuncia, porque ambas poseen su exclusividad y ambas intentan realizar la gratuidad cristiana. Pero el matrimonio une el amor definitivamente a una persona particular, la viriginidad consagrada en lo universal de la relación corporal-espiritual y eucarística entre Cristo y la humanidad redimida.

En la literalidad del dejarlo todo, la vida consagrada es el signo visible, casi sacramental de los votos de toda la Iglesia. En la Iglesia, sin este “sacramentum” no existe la “res”. Pues la Iglesia misma posee en María, al mismo tiempo, su realidad más íntima y su símbolo: res et sacramentum. Por eso, la presencia de aquellos que son tomados por completo, de los consagrados a Cristo es para la Iglesia no sólo deseable, sino necesaria, más necesario en el ser mismo del consagrado que en su función o acción ministerial o cualquier otra (lo que se denomina su apostolado). Justamente este ser es ser consagrado, existencia en la devotio real y por tanto consciente, en oración y votos.

Ya en el Evangelio recibe ese “estar” cualificado, ese “estado” una particular visibilidad. La distinción entre los discípulos y el pueblo es tan clara, que conduce a un movimiento vital contrapuesto: los discípulos, que de una vez y para siempre dejan el mundo y están junto a Cristo, describen -siempre de nuevo- el movimiento de ser enviados por Cristo al mundo y del regreso del mundo a Cristo como su lugar de descanso, mientras que el pueblo, viceversa, siempre de nuevo cumple el movimiento que busca al Señor a partir del mundo y luego de un contacto o encuentro en la gracia, luego de recibir una sanación, el perdón de pecados, un alimento o una enseñanza es enviado de regreso a su lugar en el mundo.    

La diferenciación de ambos caminos y estados la realiza Cristo, el Señor de la Iglesia. Sólo Él llama al camino de la vida consagrada, nadie puede elegir esa forma del seguimiento excepto en virtud de una clara llamada del Señor (Ejercicios Espirituales). Pero porque cada hombre alcanza lo mejor de sí allí donde está en armonía con la voluntad de Dios y estando allí cumple esa voluntad, ninguno que no sea llamado al estricto seguimiento puede sentirse perjudicado frente a los que sí lo son.

La Iglesia vela con celo por el espíritu auténtico de sus órdenes y comunidades, y así como se alegra tanto de su multiplicidad y policromía, así también quiere reconocer en cada una de ellas tan sólo el genuino Espíritu del Evangelio. Gracias a su experiencia milenaria ella sabe hoy -aun cuando muchos cristianos parecen olvidarlo- que toda propaganda fidei y toda organización eclesial finalmente permanece estéril, si allí no está latente la fuerza viva del sacrificio vivido, que como amor obediente, pobre y casto bebe de las fuentes del amor crucificado del Hijo de Dios.

Hans Urs von Balthasar

Literatura sobre el tema:
  • Balthasar, Hans Urs von, Estados de vida del cristiano, Madrid, Encuentro, 1994 | Original: Christlicher Stand, Einsiedeln, Johannes Verlag, 1977 [Descripción en lengua española]
  • ―, Presentación, en «Communio Revista Católica Internacional» 8 (1986), 450-452.
  • ―, Vocación: origen de la vida consagrada, traducido por Juan Manuel Sara, Madrid, San Juan, 2015 | Original: Verkaufe alles und folge mir nach (= Der neue Weg, 11), Freiburg i.Br, Johannes Verlag Einsiedeln, 2015 [Descripción en lengua española]
  • Speyr, Adrienne von, Disponibilidad para el Espíritu Santo, (texto mecanografiado), Hans Urs von Balthasar Archiv, Basel.