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Encontrar a Dios en todas las cosas
Este lema de san Ignacio de Loyola podría parecer más difícil de poner en práctica en nuestro mundo tecnificado, en el que por todas partes ya no se ven sino las invenciones y realizaciones del hombre, que en una época en la que se podía vivir en una naturaleza aún íntegra y en un entorno más equilibrado. Pero, al reflexionar un poco, uno cae en la cuenta de que ese lema solo puede ser cristiano. Para el hombre, en cuanto creatura, rezaría más bien: «Buscar a Dios en todas las cosas», conforme a la palabra del discurso del Areópago, según la cual Dios puso a los hombres en el mundo para que «lo buscasen, a ver si llegaban a tocarlo y hallarlo, pues no está lejos de cada uno de nosotros» (Hch 17,27). Aquí el buscar es lo mandado y lo concedido; el tocar y el encontrar quedan en suspenso. El cristiano, en cambio, se sabe encontrado y elegido por Dios, y de un modo tan central que no es una exigencia desmedida esperar de él que, en correspondencia, encuentre a Dios y, precisamente, en todas las cosas.
I
El saber, propio de la fe, de haber sido encontrado por Dios pone al cristiano en el camino recto. No es él quien ha buscado a Dios, sino Dios quien lo ha buscado y, por ser Dios, también lo ha encontrado. Dios no solo lo ha conocido y ha posado su mirada sobre él, sino que ha realizado una acción en la que se funda el ser cristiano del creyente, una praxis que le enseña por primera vez a conocer a Dios tal como Él verdaderamente es. Y aunque no tenga una experiencia inmediata y cierta de su estado de gracia (como enseña el Concilio de Trento), quien verdaderamente cree sabe, sin embargo, cuándo se ha separado conscientemente de Dios en una materia grave, y puede, por tanto, suponer que, mientras no tenga conciencia de algo semejante, vive como hijo de Dios en su gracia, es decir, tiene en el corazón al Espíritu Santo, que es el artífice del amor recíproco entre Dios y el hombre, y que Dios «derrama en nuestros corazones» (Rm 5,5). Esta presencia del Espíritu divino es todo menos una mera aseveración de Dios de que nos ama: es praxis. Y así, el amor que el Espíritu obra en nosotros no puede consistir sino en un amor que se traduce en obras y que, para agradecer debidamente a Dios su don, nos envía en primer lugar a nuestro prójimo. En el fondo, ni siquiera haría falta el envío expreso de Jesús –«como el Padre me ha enviado, así os envío yo», «id por todo el mundo», «como corderos en medio de lobos»–: para quien, como creyente, vislumbra algo del obrar de Dios en él, asumir y llevar adelante este obrar es algo obvio. Ya para el hombre como ser natural resulta evidente que recibir amor para atesorarlo egoístamente en uno mismo es absurdo y perverso. Y ahora ya no se trata simplemente de simpatía o humanitarismo, sino de algo maravilloso e incomprensible: que Dios, que de ningún modo necesita de mí, se ha inclinado hacia mí para demostrarme su amor eterno.
Él y su acción están, manifiestamente, detrás del criterio que Él mismo establece para su juicio sobre nosotros: ha dado de comer y de beber a los espiritualmente hambrientos y sedientos, ha visitado a los alejados y extranjeros, a los enfermos y a los prisioneros de su pecado, y ha vestido a los que están desnudos de todo ropaje espiritual (Mt 25,35s.); ha recogido al medio muerto en el camino entre Jerusalén y Jericó, ha curado sus heridas y lo ha llevado a la posada (Lc 10,30ss.). Él ha ido tras la oveja perdida hasta encontrarla y la ha llevado de vuelta a casa sobre sus hombros (Mt 18,12ss.); por pura magnanimidad compasiva nos ha perdonado toda la deuda (Mt 18,27). Con razón afirma la contemplación «para alcanzar amor» (Ejercicios Espirituales, 230–237) que «Dios se ha comportado, y sigue comportándose, como quien realiza una labor ardua» [ad modum laborantis]: nosotros experimentamos este amor en nosotros mismos, y es este amor el que, ante todo, nos envía a una colaboración llena de agradecimiento y ardua a la vez. Precisamente esta colaboración, este actuar y laborar con Dios, que es nuestra respuesta espontánea a la praxis de Dios para con nosotros, nos enseña lo que tantos buscan: cómo se puede «experimentar a Dios». No primariamente «entrando en uno mismo», ni mediante esfuerzos ascéticos y «místicos», ni apartándose de un mundo hacia el que Dios, precisamente, se ha vuelto de forma tan solícita, operante y eficaz, sino asumiendo activamente el movimiento de Dios hacia nosotros. Juan lo dice casi con crudeza: «Si alguien afirma: amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso. Pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede (mucho menos) amar a Dios, a quien no ha visto» (1 Jn 4,20). Dios ha dado la prueba manifiesta de su amor, hecha acción, al entregar por nosotros a su Hijo único, a su único Amado; y porque esto es la revelación de lo que es el amor divino, absoluto, «también nosotros estamos obligados a dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16). Cuando Pablo entona el cántico sublime del amor cristiano (1 Co 13), del amor que todo lo soporta y todo lo resiste, se refiere inequívocamente al amor de Dios por nosotros y a la apropiación y continuación de ese amor suyo por parte nuestra. El Apóstol dice lo decisivo contra aquellos carismáticos de Corinto que creían poder «vivenciar» directamente a Dios y a la vida de resurrección, por ejemplo en curaciones milagrosas o en el hablar en lenguas.
Solo en el obrar propio del amor podemos nosotros, que somos fruto de la acción de Dios, «encontrar a Dios en todas las cosas», y ello precisamente –dado que nosotros hemos sido hallados y sanados como pobres, enfermos, presos y moribundos– en ese mismo ir hacia nuestro prójimo que sufre. El Espíritu Santo en nosotros, que de ningún modo quiere ser «vivido», «sentido», «experimentado» como tal, nos abre el camino por el que podemos no solo buscar a Dios, sino también encontrarlo. El Espíritu Santo no quiere ser objeto de nuestra devoción, sino animarnos a dirigir nuestra atención devota hacia el prójimo, a tenerlo presente: en él encontramos a Dios. Así pues, cuando avanzamos por este camino, no nos alejamos de Dios, sino que nos encaminamos hacia Él, pues hacemos, al fin y al cabo, justamente lo que nos dice su amor. Y este movimiento hacia Dios, en realidad, debería convertirse por sí mismo, para el creyente que reconoce su sentido, también en oración dirigida a Dios. Cuando, en un amor verdaderamente originado por Dios y, por ello mismo, desinteresado, nos acercamos a la necesidad del prójimo, encontramos a Dios y no podemos dejar de darle gracias por este encuentro, de adorarlo (pues es el amor divino, no el nuestro, el que transmitimos), de pedirle que su amor actúe por medio de nosotros, así en la tierra como en el cielo, que su Reino venga, que nos regale a todos el pan de cada día, espiritual y corporal: toda la oración del Padrenuestro se despliega a partir de nuestro encontrar a Dios.
II
Esto sólo cobra toda su fuerza incisiva cuando llevamos lo considerado hasta ahora hasta su radicalidad última. Lo cual quiere decir, de entrada, que no encontraremos a Dios, de verdad y sin engañarnos a nosotros mismos, en nuestras vivencias emotivas de la naturaleza, de la amistad o del amor –por no hablar de que, con nuestra mirada moderna, al contemplar los abismos de la naturaleza vemos más bien al cruel «monstruo que eternamente rumia» (Nietzsche), o el mero material para nuestra técnica «transformadora del mundo»–, sino allí donde Él actuó hasta el extremo en la radicalidad de su amor: en la cruz y en el abandono de Dios padecido por su Hijo. La parábola de los viñadores lo muestra sin disimulo. La banda de criminales ya ha matado a los mensajeros que el Padre había enviado anteriormente. Y ahora la extraña ingenuidad de Dios, que finalmente envía a su Hijo, «diciéndose: A mi hijo, al menos, lo respetarán». Pero sucede exactamente lo contrario. «Se dijeron unos a otros: Este es el heredero. Vamos, matémoslo y apoderémonos de su herencia» (Mt 21,37s.); «¡Crucifícalo!». Los cristianos traicionan, reniegan, huyen; los judíos no cesan de azuzar hasta que el pagano cede: Dios ha «encerrado» a toda esa banda de criminales en su rebelión para así «tener misericordia de todos» (Rom 11,32).
En ningún lugar se puede encontrar mejor a Dios tal como Él es que aquí, donde los pecadores dejan morir a su Hijo santísimo con la más infame de las muertes, donde Dios mismo se asocia incluso a los criminales, en cuanto que también Él niega a su Hijo y lo abandona. Este hecho inconcebible es la cumbre de la praxis del amor divino: el Hijo ha cargado sobre sí todas las culpas de sus enemigos, y el Padre toma en serio este hacerse cargo. Aquí se muestra la unidad de la misericordia de Dios con su justicia; aquí el amor intradivino –Padre e Hijo en la unidad del Espíritu Santo– se revela desnudo. La gloria de la resurrección no es sino la explicitación de lo que aquí ya fue hecho y revelado hasta el fondo, y que, a partir de la Pascua, se irá desplegando de un modo siempre nuevo, distinto y más profundo a lo largo de todos los siglos.
La Pasión del Hijo, en la que está implicado el Dios trinitario en su totalidad, ha permanecido para los santos como el lugar donde Dios puede ser encontrado mejor que en ningún otro, y también como la luz que se extiende sobre el mundo entero de la historia y de la naturaleza, de tal modo que, a su luz, se puede encontrar a Dios en todas partes y de modo inmediato. Se trata, ciertamente, de contemplar, de meditar, de dejar que penetre y cale hondo en uno mismo, pero no de una emoción exterior («hijas de Jerusalén, llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos»), sino más bien de la maduración interior de la decisión de llegar, por este camino (que tiene muchas más estaciones que las catorce de la devoción popular), hasta el fondo de la realidad de Dios y del mundo, y de ordenar la propia vida conforme a esa comprensión contemplativa.
Sin embargo, quien considera atentamente todo esto comprenderá muy bien que el camino de la cruz, en el que se encuentra a Dios sin velos, no es algo que uno pueda apropiarse por sí mismo ni en lo que pueda introducirse por propia iniciativa. Nadie ha reconocido y expresado esto con mayor claridad que san Ignacio en sus Ejercicios. Ignacio pone el fundamento de la actitud cristiana permanente en esa disponibilidad para cualquier voluntad de Dios que él denomina indiferencia. Pero ¿quién podría permanecer «indiferente» ante la pasión de Cristo cuando la contempla? ¿No tiene que despertarse aquí un impulso a seguirle? Sí, responde Ignacio, pero únicamente de tal modo que yo me declare dispuesto, «y es mi determinación deliberada», a ser conducido por este camino, «sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza» (n.º 98); «sólo que sea servicio y alabanza de su divina bondad» (n.º 157); «si igual o mayor servicio y alabanza fuere a su divina majestad» (n.º 168). Solo Dios llama al camino de la cruz según su libre criterio, y decide cuándo, y con qué profundidad y radicalidad debe cada uno vivirlo junto con Cristo. Puede haber personas llamadas a vivir más de cerca la representación vicaria y que han de sufrir más hondamente y más fecundamente por los demás.
Se trata, conviene advertirlo, del camino irrepetible de Cristo, y no de penitencias y renuncias, sanas y beneficiosas, que todo cristiano puede y debe asumir (pero también esto en la obediencia eclesial). Solo Dios distribuye la verdadera cruz; con todo, difícilmente habrá un cristiano serio que no encuentre en su vida una partícula de ella. Bienaventurado él si la reconoce como tal y, al hacerlo, también comprende que no solo Dios lo ha encontrado a él, sino que también él ha encontrado a Dios y su amor precisamente aquí.
III
Probablemente no sospechemos hasta qué punto el misterio de la cruz está grabado en el mundo de la naturaleza y de la historia. Si, como dice la carta de Pedro, «la sangre preciosa del Cordero sin defecto ni mancha había sido elegida ya antes de la fundación del mundo», aunque solo se hizo «manifiesta al final de los tiempos» (1 P 1,19s.), entonces el Creador tiene ya ante sus ojos la figura de la cruz cuando separa verticalmente el cielo y la tierra, horizontalmente el agua y la tierra, y entonces también en la historia de la naturaleza, y aún más en la de la humanidad, la figura de la cruz se manifiesta cada vez con mayor claridad. Hans André ha visto en la evolución, donde los seres inferiores y más débiles sirven de alimento a los superiores y más fuertes, un gran «camino sacrificial» que apunta ya hacia la cruz. Y así también el terrible sufrimiento de la historia de la humanidad aparece bajo otra luz. No solo el hecho de que Dios permita el pecado, sino, sobre todo, que deje acontecer tanta injusticia, tormento y crueldad, hasta llegar a Auschwitz y al Gulag, no puede interpretarse de ningún otro modo que desde la meta y el centro de toda la historia: el lugar de la Calavera, el Gólgota.
Hay hombres que han logrado encontrar a Dios en todas las cosas, incluso en los mataderos de Hitler y Stalin, que no son sino ejemplos representativos de innumerables otros. La madre Teresa ve sin duda directamente el rostro y la figura del Señor en los hambrientos y moribundos de Calcuta. Desde este sufrimiento gigantesco se desciende gradualmente, de manera cada vez más amortiguada y velada, hasta el amargo sufrimiento que se da en las familias, en las habitaciones de los enfermos y de los moribundos, en los manicomios, cuyas formas, a lo largo de la historia, han sido ellas mismas una locura. Pero los rusos cristianos supieron ver en los locos a los amigos de Dios; para Dostoievski, su príncipe Mishkin, epiléptico, debía ser la «imagen más bella» de Cristo.
El sufrimiento clama al cielo, pero su lenguaje inaudible es una oración de la creación y de la humanidad a Dios, recogida y recapitulada en el Hijo crucificado. Una oración que es escuchada y comprendida en el corazón de Dios. «Yo, que he creado el ojo, ¿no habría de ver?», dice Dios en la Antigua Alianza. Y la continuación solo puede ser: Yo, que permito el sufrimiento del mundo, y en cierto modo lo he incorporado incluso a la creación, ¿habría de ignorar, como un insensible, lo que es? Hay pocas palabras en la Sagrada Escritura más asombrosas que la palabra del paciente Job a su mujer, que se rebelaba: «Si aceptamos de Dios el bien, ¿por qué no también el mal?» (Job 2,10).
Esta palabra solo se vuelve plenamente transparente a la luz de la cruz; pero desde allí, donde todo el pecado es recogido y su peso asumido, tiene validez definitiva.
IV
Que podamos encontrar a Dios, cuando lo buscamos, en todas las cosas que nos alegran, no necesitaba ninguna explicación particular. Si somos sus hijos agradecidos, nuestra alabanza brota en nosotros como por sí sola cuando se nos regala el amor verdadero de una persona, una amistad auténtica, un buen logro, un hermoso paisaje. Encontrarlo allí donde el don se nos pone en la mano no es ningún arte especial. Pero en el sufrimiento, en la oscuridad del alma, incluso en la injusticia que clama al cielo en la historia del mundo, tanto en la más grande como en la más pequeña, encontrar aquí a Dios es difícil y, de no ser por la cruz, en realidad imposible. Pues de lo contrario habría que rebelarse contra Dios o bien pensar en un contrapoder divino al que Dios no pudiera hacer frente.
Si, en cambio, Dios ha penetrado –por debajo y desde dentro– todo el sufrimiento del mundo, si el Hijo de Dios «clama a Dios desde lo más profundo», como dice el salmo, entonces este último lugar, que Jesús recomienda asumir y en el que Pablo se sabe situado, es el lugar del amor último y, por ello, también de la alegría última, por muy oculta que permanezca. Todas nuestras demás alegrías estarían densamente cubiertas por la sombra de la transitoriedad y, finalmente, de la muerte, si la luz de Dios no hubiera brillado desde la cruz hasta el interior de las tinieblas más densas, tanto si estas la comprenden como si no. Cuando el hombre se encuentra sumido en la oscuridad del sufrimiento más hondo, no puede sentir la alegría que hay en la cruz, como tampoco la sintió el Hijo crucificado. Solo puede, como Él, encomendarla en una obediencia de ciega confianza al Padre, que la guarda junto a sí y la conserva para el día de la resurrección. El que sufre puede sentirse abandonado por Dios y, como Jesús, no saber ya por qué. Y, sin embargo, el Crucificado clama al Dios del cielo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué…?». Entre Él y el Dios perdido el hilo no se ha roto. En el grito está la entrega amorosa: «En tus manos…».
La entrega definitiva es nuestra muerte. La muerte nos arrebata violentamente a nosotros mismos, pero en nuestra libertad podemos desactivar esa violencia, más aún, salirle al encuentro, dejándonos tomar de buen grado. Esa sería, entonces, la acción suprema del hombre, su respuesta más adecuada a la acción salvífica que Dios realiza en él. La participación, pues, en lo que Juan llama la glorificación de Dios, en la que Dios ha sido realmente encontrado en todas las cosas.
Y enseguida hay que añadir que este encontrar (como Pablo dice varias veces) desemboca en el ser plenamente encontrado por Dios. Al Hijo que se entrega plenamente, el Padre lo acoge plenamente junto a sí, en cuerpo y alma, en la resurrección desde la muerte, en la muerte. Jesús hace partícipes a los suyos de este acontecimiento, unitario y dual, de cruz y resurrección: si hemos «muerto con Él», también hemos sido «resucitados con Él». Más aún, Él dona este acontecimiento uno y doble no solo a nuestro último instante terreno, sino, como la forma más íntima, a cada instante de nuestra existencia: el núcleo de todos nuestros actos, de todo nuestro trato y proceder con los demás, de todo nuestro trabajo y descanso es, sin cesar, esto: entregarse y, al hacerlo, ser acogido, como el niño que se atreve a lo terrible, a saltar desde el muro al vacío, pero que en el fondo está seguro de ser recogido al vuelo en los brazos del padre.
Hans Urs von Balthasar
Publication partielle de:
Homo creatus est
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Fiche technique
Langue :
Espagnol
Langue d’origine :
AllemandMaison d’édition :
Saint John PublicationsTraducteur :
Juan Manuel SaraAnnée :
2026Genre :
Extrait
Source
Hans Urs von Balthasar, Homo creatus est. «Skizzen zur Theologie» vol. V. Einsiedeln: Johannes Verlag, 1986, 368-375



