Los Ejercicios de San Ignacio tienen como objetivo principal llevar al hombre junto con su vocación al ámbito raigal en el que la Iglesia está primordialmente naciendo a partir del actuar de Cristo y de aquellos que escuchan su llamada al seguimiento y “ofrecen sus personas para ese trabajo” (EE 97).

El libro de los Ejercicios deja atrás centenares de piadosas “instrucciones para la perfección”, de las que estaba lleno el alto y tardo Medioevo. De un modo brutalmente práctico, empuja al que busca al centro del Evangelio y lo deja solo con Cristo, con el Dios trinitario que le habla.  

Empuja, recalco. Y para que uno llegue realmente a ese centro, debe primero ser despojado de las ilusiones acerca de sí mismo, de sus fantasías y pecados, para poder seguir nudus nudum Christum, para que la Palabra de Dios que es Cristo pueda encontrarlo de modo personal y totalmente cercano. No en lugar periférico cualquiera, sino en el corazón de su existencia, de manera que la llamada se transforme en acontecimiento decisivo de la vida.   

Este acontecimiento de la elección forma el punto central, el sentido y el fin de los Ejercicios, circundado de muchos puntos prudenciales (para hacer sana y buena elección), mientras que todo lo demás sólo aspira a seguir los pasos del camino de Cristo: encarnación, nacimiento, vida y acción escondida y pública, pasión, resurrección junto con las apariciones que fundan la Iglesia. Lo que ahora debe acontecer es lo que sucedió entonces en la orilla del Jordán. “Mientras Jesús pasaba (e Ignacio acentúa expresamente que Jesús no está estacionado en alguna parte sino que siempre está andando [EE 280, etc.]), Juan le miró y dijo: ‘He aquí el Cordero de Dios. Los dos discípulos escucharon lo que dijo y siguieron a Jesús. Pero Jesús se dio vuelta y viendo que le seguían les preguntó: ¿Qué buscáis?”. Y ante la pregunta de ellos: “Maestro, ¿dónde vives?”, responde: “Venid y ved” (Juan 1,36-39). Si os decidís a venir (y esto significa: “Dejarlo todo”: Lc 5,11), entonces veréis. “Y ellos fueron con Él y vieron … y permanecieron”.  

Lo que entonces aconteció no es sólo un modelo, es exactamente lo que está aconteciendo en el presente, aquí y ahora. Como el sacrificio de la cruz se hace presente en esta Santa Misa, como la absolución pascual de los pecados se cumple en cada correcta confesión [DH, 61-62 (8)].  

Una tal misión requiere el sí del hombre, un acto no menos importante que el acto de Dios que llama al elegido. Un sí que exige una donación sin reservas a la llamada, del mismo modo como la llamada se dirige al elegido sin reservas y con premura. Pero ambas palabras, la de Dios y la del hombre, no se contraponen como dos de igual valor, más bien, del hombre sólo es exigido la acogida de la llamada y de la misión, y con ello el co-realizar en toda sencillez el sí de Dios para él. La respuesta ha de surgir y sumergirse en la palabra de la vocación y formar junto con ella una unidad indisoluble. El acto humano de la elección de la vocación no ha de ser otra cosa que un reconocimiento de la elección dispuesta por Dios. En este sentido habla Ignacio de la elección [EE 18, 163, etc.], donde ni siquiera se ve la necesidad de distinguir en el acto unitario entre lo que es divino y lo que es humano.  El esfuerzo [de los EE] tan sólo tiende a que el hombre elija lo que Dios elige para él y a que esté preparado para reconocer la elección divina y como reconocida pueda ratificarla. Una “perfección” humana no es hecha temática de un modo explícito, para Ignacio esa perfección se agota en los dos conceptos de disponerse (EE 1, 20 etc.) y de indiferencia (EE 23, 179 etc.), que juntos expresan el estar a disposición del alma para abrazar la divina voluntad en la forma que quiera manifestársele.

Hans Urs von Balthasar
Literatura sobre el tema:
  • Balthasar, Hans Urs von, Textos de ejercicios espirituales (= Manresa, 42), traducido por Melecio Agúndez Agúndez SJ, editado por Jacques Servais SJ, Bilbao; Santander, Mensajero – Sal Terrae, 2009.