Estructuras milenarias de la Iglesia vacilan. Todo en la iglesia es cuestionado, también el fundamento de su Fe. Muchos cristianos sólo ven confusión y se apartan llenos de tristeza. Otros experimentan una voluntad de ir al origen, pero ningún camino se abre. Olvidan, tal vez, cuán escandaloso era el mensaje cristiano ya para los discípulos, y después de Pascua para todo el mundo que los rodeaba. Siglos de cultura cristiana han velado el aspecto escandaloso, pero hoy aparece con toda claridad y remite a todos a Cristo. Si hoy alguien quiere construir algo sostenible, debe retornar a la piedra originaria del Evangelio. Francisco de Asís se desnudó ante el obispo para vestirse sólo de Cristo. Hoy la decisión más radical habla el lenguaje cristiano más claro.

En nuestra Comunidad, no quisiéramos retener nada para nosotros mismos, quisiéramos dar todo en el servicio a Dios y a los hombres: nuestro haber (pobreza), nuestro cuerpo (celibato), nuestro espíritu (plena disponibilidad). La unión matrimonial es un ideal sublime, y admiramos a nuestros hermanos, cristianos o no cristianos, que viven en esa unión de modo abnegado y altruista. Sin embargo, el amor de Cristo nos reclama para su propia forma de vida. Él ha cambiado el estado del mundo por medio de su servicio indiviso al Padre y a los hombres hasta la cruz. Nosotros quisiéramos seguirle en simplicidad y alegría evangélicas. Como Cristo ha cumplido toda su obra terrena poniendo en el Padre su mirada llena de amor, también nuestro encuentro con el prójimo y con las necesidades y exigencias del mundo se dará poniendo permanentemente nuestra mirada en Dios y en su Buena Nueva. Según la enseñanza y el ejemplo del Señor, el dirigirse hacia Dios y hacia el mundo se exigen y promueven mutuamente. Como Cristo era íntegramente obediente al Padre asumiendo la plena responsabilidad por su obra mundana, nosotros queremos –frente a tanta resignación y tanta crítica de tantos cristianos– mostrar que es posible la unidad de sentir con la Iglesia y libre responsabilidad.   

La Comunidad está abierta a varones y mujeres jóvenes que quieran vivir su profesión cristiana –preferentemente uno con resonancia social– en ese espíritu de donación. Ella busca también sacerdotes que estén dispuestos a actuar en ese mismo sentir con la Iglesia y el mundo. Vivimos en pequeños grupos o también solos, nos encontramos para intercambios y renovación espiritual. Luego de un tiempo de prueba razonable, nos comprometemos mediante promesas temporales, más tarde para siempre.     

Cristianamente fecunda es la semilla que está dispuesta a morir no de un modo pasajero sino definitivo. El discípulo Juan es nuestro patrono, porque él permanece siempre en un especial sentir con Pedro, la Iglesia visible de los pecadores, y con María, la Iglesia profunda de los Santos, como un centro que une y sin embargo desaparece.

 Hans Urs von Balthasar

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